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Los mercaderes en las gradas del templo

TRADICIONES Y VALORES… O NEGOCIO REDONDO

Por: Paul Brenes Cambronero

Asi lucía el atrio hace unos días Se inicia el mes de agosto. Para los ramonenses esto tiene un significado muy especial, pues en este mes tan ramonense, salen a flote muchas de las mejores cosas que este pueblo, todo, unido, tenaz, inclaudicable, ha construido durante muchos años.

Desde el primer día del mes, se siente en el aire algo así como el llamado de la especie, sentimos una atmósfera especial, un aire diferente sopla, deja de importarnos el invierno inclemente y todos los ramonenses empezamos a prepararnos para lo grande, pues en este mes se pone en primer plano nuestras tradiciones, nuestros valores, el respeto por los viejos abuelos, por su obra y por todo eso que nos ha hecho un pueblo grande.

MercadeoEl 2, celebramos el nacimiento de don Lico Rodríguez, (Manuel Rodríguez Cruz) el maestro imaginero que nos legó a San Ramón Nonato, a San Isidro Labrador, a San Juan, al Dulce Nombre de Volio, a San Pedro Nolasco y a muchas más de las imágenes que desde hace más de 100 años bajan a la Villa fervorosamente alzadas en los hombros de los vecinos.

El 8 nació Félix Ángel Salas, uno de los grandes poetas ramonenses, quien este año cumplió 100 años. El 21 celebramos el título de Villa y de segundo cantón de Alajuela, otorgados en 1856.

El 27 desfilamos devotos y llenos de admiración y respeto a dejarle a Lisímaco las rosas que pidió cuando dijo en su testamento poético:

…Y que manos cariñosas me lleven a la huesa

muchas rosas cortadas con amor…

El 30 es el mejor día, paradójicamente es la víspera. Así es. Los ramonenses celebramos con mucho más pasión la víspera que el propio día de San Ramón Nonato, por eso para el 30, estrenamos el fularcillo, la mudada; nos catrineamos y nos echamos a la calle para un día de fiesta. Fiesta que conlleva alegría por el encuentro por los cientos de coterráneos que ese día vienen a su pueblo amado, por la alegría de saber que somos portadores de un legado más que centenario, por la devoción que la mayoría profesa al patrono o al santo del barrio de donde proviene. No hay fiesta como esa, y los ramonenses lo sabemos; lo saben muchos visitantes que han entendido ese sentimiento y vienen a vivirlo, a compartirlo con nosotros, que los recibimos con los brazos abiertos. Mientras todo siga así, la fiesta será eterna y este pueblo podrá seguir mostrando esa cara de pueblo culto, cara que solo tienen aquellos que valoran su pasado y lo usan como presente, para que el futuro nos vea llegar orgullosos y progresistas.

Pero, ¿es como así lo vemos todos? Lamentablemente no. Por ignorancia, por petulancia, por prepotencia o por intereses económicos, esa fiesta del pueblo ha tenido dentro de sus administradores, en los últimos años más enemigos que amigos. A los ramonenses de corazón, de cepa, amantes de los valores, orgullosos de nuestra cultura y de nuestras tradiciones, a los que creemos que está bien que a Dios rogando, pero con el mazo dando, cada día se nos demuestra que ese sentimiento no tiene ningún valor o sentido para otros, porque la cosa está en que los mercaderes arribaron victoriosos a las gradas del templo y que allí solo vale el negocio, la plata, el metal.

Primero vino el padre Montes de Oca. El trajo a vivir con nosotros a su mamá, que era un viejecita simpática, solo que, en un arrebato de amor por la madre y de desconocimiento de la tierra en que pisaba, le regaló como si fuera un ramo de flores la Entrada de los Santos y ella, laboriosa puso manos a la obra, así fue como después de 140 años de ver esta bella tradición, de pronto nos informaron que era más lindo que los santos vinieran en carrozas bíblicas, que en los hombros de campesinos de pata pelada. Durante dos años (1978-1979) sufrimos esta tortura. El pueblo sufrió, pero desde aquel entonces, primera vez que nos cambiaban la tradición por un plato de babas, descubrimos que alrededor del cura había un grupo de ramonenses que se caracterizaban más por tener miedo de ir al infierno, que por las ganas de ir al cielo y si el cura (en este caso la mamá) decía que así era la cosa, pues ni modo, así era. El himno cívico Alma Huetar, himno de San Ramón tiene una estrofa que debe estorbarles a esos cómplices de la masacre cultural cuando dice:

…ramonenses de todos los tiempos

nuestro lema será dignidad….”

Después vino el padre Danilo. Lo recordaba con cariño por mis tiempos de monaguillo. Él le puso precio a la Entrada de los Santos; en una carta que conservo, le dice a la Cámara de Comercio que si quieren que quite los carros locos del atrio del templo, para que pudieran entrar los santos, eso vale cuatro millones de colones, sí, como usted lo lee, de colones, no de padres nuestros ni de aves marías, de colones, porque eso le pagaban los dueños de los carruseles. Esa humillación la vivimos por cuatro años, (1990-1993) hasta que el obispo, en un arrebato de comunión con su pueblo se lo llevó. Digo yo que fue por eso.

…Y vino el padre Elías, ¡Gracias, muchas gracias!. Este cura se comportó a la altura de aquellos curas legendarios que amaron a este pueblo y a los que este pueblo amó al punto de enterrarlos en la iglesia que construyeron entre todos (pueblo y cura) con esfuerzo y sacrificio. Elías no hizo evocar las épocas de Juan Vicente Solís (Monseñor) Clodoveo Hidalgo y otras glorias eclesiásticas que no solo mandaban en la iglesia, sino que eran líderes reconocidos por toda la comunidad. Recordemos como Ramón Salas, quien pasó a la posteridad como “Moncho de hule” al caer desde 26 metros de altura, en una chorrea que se realizaba en la nave central, sin que lo ocurriera nada, era militante del partido comunista y aún así, ateo manifiesto, se sumaba como todos a la construcción, porque era trabajo de toda la comunidad y no solo de los rezadores que por siempre tienen el templo tomado. , Al padre Elías le debemos los ranchos, la devolución de las fiestas al pueblo, sin que por ello perdieran su naturaleza religiosa y también le debemos un sentimiento de respeto, porque él respetó a los ramonenses. El padre Elías, solo cometió un error, puso a bailar al santo y esto ha sido la excusa para que alguno (s) de sus sucesores argumenten que este pueblo es de borrachos y que las imágenes solo están en buenas manos cuando las traen rezadores natos.

Pero ¡ay!, se fue, y vino el padre Chema. Se veía simpático y accesible, pero de pronto, un año, se le ocurrió interpretar a su estilo la tradición y decidió que las puertas del templo no se abrían y que los santos visitantes recorrerían solos las calles. Indignación y más indignación, pero nos dejó sin la Entrada de Los Santos. Recuerdo la imagen de nuestro querido Tony Zorro, gritando ante las puertas del templo.

Se fue también y nadie lo lloró, ni siquiera los acólitos incapaces de hablarle como ramonenses y de aconsejarle para que escuchara la voz del pueblo, que es la voz de Dios.

Vino Daniel. Parecía bonito al principio. El primer año, buenísimo, el hombre nos dejó ver la Entrada de los Santos como es, como la queremos y todos disfrutamos, -cosa curiosa, hasta aquellos iluminados, laicos y religiosos, que están en su más cercano círculo. Recuerdo a San Ramón saliendo de la iglesia en hombros de cuatro sacerdotes. Fue un momento majestuoso, emocionante y todos éramos uno, los que rezan mucho, lo que rezan un poco menos y hasta lo que rezan poquitillo, pero que aman a su pueblo. En la noche el hombre se puso blue jeans y cantó a la muchedumbre desde la tarima al costado de la parroquia, al estilo de Alejandro Fernández. El público aplaudió a más no poder y así debía ser, pues además de que no cantaba nada mal, todos queríamos aplaudirlo.

¿Qué le pasó al año siguiente? Algunos dicen que tiene un mal consejero, otros chismean que el que manda es otro y que la cosa está en manos de un grupo de talibanes. La cosa es que le declararon la guerra al pueblo de San Ramón, montaron los santos en carrozas horrorosas, eliminaron la tradición de recibir a los santos en casas de vecinos, y le dijeron a la gente que no fuera a ver la procesión. Debe haber sido así, porque nadie fue y fue muy triste ver a los curas desfilando solos (casi), sin el pueblo que un día orgulloso consagró al Padre Cambronero, al padre Piñeiro, al padrecito Valverde, a Monseñor Solís y al padre Sergio. A todos estos los amamos y cuatro de ellos están con nosotros para siempre, enterrados en los jardines del templo.

Este año, el ataque fue contra el patrimonio cultural e histórico, como de hecho lo es la parroquia, aunque falta por ver el 30 de agosto, la Entrada de los Santos. Es correcto señalar que si bien las iglesias son bienes inscritos en la Temporalidades de la Iglesia Católica (en algún lugar deben estar inscritas ante el Registro Nacional) pertenecen al pueblo que puso el terreno, los cimientos, las paredes, el techo, todo lo que está adentro y que echa mucha, mucha plata en charolas, cuentas bancarias, remates de ganado, trabajando gratis, haciendo tamales, lomos rellenos, construyendo ranchos, etc., etc., etc., y pare de contar.

¿Cambió este pueblo? Por supuesto que no, seguimos siendo inmensa mayoría los que amamos lo amamos, así como a su cultura, sus tradiciones y el recuerdo de nuestros bisabuelos y abuelos construyendo las dos iglesias parroquiales, tres veces la del Tremedal y tres veces la iglesita de San José.

Quienes cambiaron fueron los curas. Ahora nos mandan individuos globalizados, cuyo desconocimiento de la cultura y de la idiosincrasia sería un buen ejemplo de algo bien malo en alguno de los Evangelios. Todo es plata, todo es comercio. Estas fiestas son para recoger plata. No están celebrando nada, solo están colectando.

Nos quitan las tradiciones, dañan el patrimonio arquitectónico y cultural y con la complicidad de la Municipalidad de San Ramón, (ahí no se salva nadie) pasan del desafío a la voluntad del pueblo, a la humillación.

Pareciera que, por acuerdo municipal se abolió la estrofa de Alma Huetar que dice:

…San Ramón sus matices rebeldes

de un Cacique Huetar heredó

orgulloso, resuelto y valiente

que jamás la cerviz doblegó…

Este año dañaron el atrio de la parroquia, patrimonio de este pueblo (que dicen restaurar). ¿Intervino la Municipalidad o alguien más? Vivimos una paz engañosa. En nombre de la restauración del templo, cada día lo vemos pero, primero lo aislaron de la comunidad con una verja cuyo primer efecto fue convertir los jardines en el cerco donde se bota y almacena todo tipo de deshechos.

Los ramonenses estamos de luto aunque estas fiestas dejen muchos millones. Que no se argumente que la plata se requiere para buenas obras y que es necesario hacer esta barbaridad. Una fuente de toda confianza, dentro de la iglesia, en San Ramón, nos ha relatado que el Colegio Patriarca San José genera más de doscientos millones anuales, libres de polvo y paja y que esa plata se va de San Ramón. ¿Entonces? La excusa de la falta de plata entonces no vale. Qué nos presenten un estado financiero del Colegio citado, y que nos expliquen para donde se va la plata. Recordemos que el estado paga los salarios de todo el personal docente y administrativo.

Y por último, para los que tenemos memoria histórica, el recuerdo de los curas del pueblo, esos que están enterrados en la iglesia, será siempre de respeto, de veneración y de nostalgia porque ya no hay otros como ellos. ¿Será por eso que cogieron su tumba como basurero?

Este artículo fue publicado el Lunes, Agosto 18th, 2008 y está archivado bajo Actividades, Cultura, Historia, Noticias, Opinión. Usted puede dar seguimiento a cualquier respuesta a este artículo a través del alimentador RSS 2.0. Usted puede dejar una respuesta, o seguimiento desde su propio sitio.

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