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La lección de don Julio
La intención de este artículo no es hacer escarmiento del exabrupto cometido por algunos futbolistas de Liga Deportiva Alajuelense ni jugar de puritanos, menos de santurrones, allá ellos y sus alicaídas conciencias. Punto.
Lo que nos mueve es destacar la figura de uno de los hijos de San Ramón que dejó una lección única de probidad para todas las generaciones costarricenses.
Este día se publicó en el diario La Nación un excelente artículo de don Arnoldo Rivera en su columna Primera Fila, solicitamos de manera muy respetuosa la anuencia tanto de don Arnoldo asimismo como el de esta prestigiosa publicación nacional para que nos permitiera reproducir el artículo en cuestión.
Al promediar las 3 p.m. recibimos el permiso de don Arnoldo, debajo es la reproducción exacta del artículo en mención
‘Si hay paga no hay gloria’
Arnoldo Rivera J. | arivera@nacion.com
Periodista
El monumento a Julio Acosta García se encuentra en el parque Morazán, cerca de uno de los sitios de prostitución más reconocidos del país y vigilado de cerca por conspicuos travestidos. Por dicha, don Julio está sentado.
Posiblemente, si le va bien, el homenaje al prócer pasa inadvertido en medio del corre-corre de la desordenada ciudad de San José; si le va mal, debe servir como un orinal a cielo abierto.
Lo más seguro es que padezca de ambos males.
Julio Acosta García, nativo de San Ramón, fue un expresidente de la República entre 1920 y 1924.
Llegó al poder en una de las dos únicas elecciones de la primera mitad del siglo XX, en las que no hubo dudas acerca de quién ganó, en verdad ganó.
Recordemos que en aquellos años el fraude era el deporte favorito de los costarricenses.
Don Julio fue uno de los líderes del levantamiento armado que sacó del poder al presidente de facto –traidor para más señas– Federico Tinoco Granados.
Su administración no tuvo mayores sobresaltos, salvo el conflicto con Panamá; mas, unas palabras suyas trascendieron sus actos de gobierno.
Moral y legal. Mediante una ley de la República, sus antiguos compañeros de armas, amparados con la venia del Congreso, trataron de cobrar recompensas por su participación en el derrocamiento del dictador.
La ley se aprobó, pero el presidente Acosta la vetó.
“Si hay paga no hay gloria y si hay gloria no hay paga”, fue el inmortal razonamiento del presidente Acosta.
Todo hubiera sido legal, pero no era moral: eso fue lo que entendió el titular de Casa Presidencial, porque aunque a nadie le “sobra la plata” (para decirlo a la moda), existen ocasiones en que el dinero enturbia entendederas, ensucia fines y estropea ideales.
Hay cosas, como dice un anuncio que nos proclama las 1.000 maravillas del mundo del consumo, que el dinero no puede comprar.
En el 2008, las palabras de Julio Acosta García enseñan que el tener no siempre es más importante que el ser, que la ley no siempre anda de la mano con lo moral.
Don Julio vio la luz en San Ramón, no muy lejos de la ciudad que sirve de sede al equipo de futbol que lleva el nombre de Alajuela como parte de su denominación y a cuyos integrantes les vendría bien repasar las clases de Estudios Sociales (quienes hayan terminado la secundaria).




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